sábado, 8 de enero de 2011

Fotografía

Siempre he dicho a quien quisiera escucharme que el día que me regalaron la Oly cambió mi vida, aunque no enseguida, pues reconozco que tardé mucho en saber apreciar debidamente lo que tenía en las manos. Pero en cuanto me di cuenta, el mundo empezó a transformarse ante mis ojos. Detalles que antes habría pasado por alto, que ni habría mirado, aparecían ahora ante mí como con iluminados por coloridas luces de neón, pidiendo a gritos un instante, una imagen.

Desde entonces he hecho miles de fotos, a todo lo que se me ha ocurrido. Toda clase de paisajes, cielo, animales, flores, todo. Pero estos días, caminando por la calle con la cámara de fotos en la mano todo parece, de repente, distinto. Ya no encuentro simplemente las mismas calles de siempre, ya no es simplemente gente caminando lo que veo a mi alrededor, ni siquiera una imagen, buena o mala, que puedo congelar en la memoria de la cámara. No.

Son personas.

Cada uno con sus vidas, sus problemas, sus alegrías, como yo misma. Aunque pueda parecer un descubrimiento absurdo, no me resulta tan obvio. Me refiero a que, normalmente, al ir por la calle, voy inmersa en mi mundo particular y en muy pocos casos reparo en las personas. Simplemente es gente que tengo que esquivar, gente que va, gente que viene, sólo formas impersonales a las que no presto la menor atención.

Me fuerzo a observar, a esperar.

Y descubro que me intriga. Que me gusta tratar de descubrir qué dicen sus miradas, indagar en sus expresiones o en su forma de andar. Me doy cuenta de repente, cuando descubro en la pantalla ese rostro que llama mi atención, esos ojos o ese gesto que me atrae y me hace pensar. Me doy cuenta de que son simplemente detalles aparentemente invisibles los que captan mi interés y me hacen ver a la persona por encima del resto de la gente.

Los paisajes tampoco son ya simplemente paisajes, ni las calles, ni los edificios. Nos demos cuenta o no, son momentos de nuestra vida que se van quedando en cada uno de esos rincones, instantes que se pierden por los más inimaginables recovecos del mundo, recuerdos que, a través de la cámara, a veces puedo congelar y me acompañan ya por siempre.

Es simplemente otra forma de verlo todo.

Otra vez, a través del visor, todo cambia.

Y me gusta.

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